lunes, 15 de mayo de 2017

Bois-Colombes

Un petit morceau pour toi. 

Fragilidad, eso es la memoria de los sentidos que sólo con el sutilísimo roce de una brisa, que es luz, color, sonido, fragancia y palabra a la vez puede, de repente, devolvernos con toda su redondez, con toda su intensidad, con toda su plenitud rozagante de vida, lugares y tiempos completos, ya que, al fin y al cabo, de donde hemos permanecido y cada uno de sus momentos solo nos queda al final vagas sombras, tanteos, rincones semi-oscuros apenas iluminados por una luz turbia, estremecimientos, hebras de sangre disueltas en agua. Una tarde o una mañana (pudo haber sido una noche también, pero que importa si contigo la sucesión temporal se derrumba), hablamos de esos hilos, esas imágenes que nos golpean, que en medio de la cotidianidad y del tiempo en su estado más simple, su estado horizontal, que nos entibia la sangre y nos llena los ojos de lágrimas (sí, los anhelos toman esa forma húmeda para poder derramarse como suspiros líquidos, como cera caliente a través de la melancolía o la ilusión de nuestros rostros). La música, en su eternidad serena e imperturbable, es capaz de sacudirnos violentamente. Con su divina sutileza que pertenece al misterioso y poblado reino de la subconsciencia, nos devuelve de golpe, como un regalo entregado con brusquedad, hábilmente hilado, delicadamente construido como por la mano venosa y gastada de un viejo artesano, el clima exacto de una alegría pasada, el ámbito perfecto de una tristeza, de esas que uno realmente comprende solo con el paso del tiempo. Y es así como al escucharla, regreso nuevamente a las calles frías y al cielo gris, a esa minuciosa lluvia que es como un murmullo incesante; es volver al principio de la primavera tan tímida con sus florecitas que, temblorosas, se atreven a asomarse, coquetas y sugerentes. Escucharla es volver a ese extraordinario contraste entre la oscura maraña de seres agobiados, de hombres todavía impregnados del olor de las putas, de personas saturadas de presente que, Dios sabe cómo, mantienen sometidos sus espíritus a través de los milagrosos medios de los que son capaces una mente siempre distraída y los gloriosos edificios, la gloriosa arquitectura, siempre latiendo con ese corazón de magma ardiente irradiando vida y luz dorada, belleza pura y descarada, gloriosa ciudad que nos arrebata, que nos deja como plantados completamente ante el rapto y la voluptuosidad de estar rodeados de tanta hermosura. 
Escucharla es volver a esas mañanas donde todavía retumba el graznido del cuervo, donde se intuyen rostros asomados a través de las ventanas, mañanas llena de señores que fuman cigarrillos, compran el periódico y el pan, mañanas silenciosas donde mi sonido me llena completamente y me maravilla, donde toda una vida puede detenerse en un par de notas que se acercan una a la otra lentamente para abrazarse y el asombro, consecuencia de lo que hay de místico en la producción del sonido y en el silencio. Escucharla es volver a la ilusión de haber re-descubierto a Bach. Escucharla es volver a caminar por los Campos Elíseos y de repente quedarme completamente hechizada ante un atardecer infinitamente nostálgico. Pero, sobre todo, escucharla, es volver a esa madrugada en la que, ¡Por fin!, un exquisito y suntuoso sueño me acercó a un abrazo tuyo, es volver a la maravillosa ansiedad que me producía tu ausencia de plomo durante esas horas, al nerviosismo de no poder dormir bien porque llenabas todo el aire con la presencia de tu alma pura y libre que resuena y vibra dentro de la mía. ¡Ah!, el abandono, la expansión, lo íntimo y lo personal de esa música solo me hacía quererte y anhelarte aún más; y es, desde entonces, que te admití completamente en mi vida, que admití tu presencia de ángel protector y tu etérea belleza, que me arrulla, que me introduce lentamente en mí misma, que voltea mis pensamientos hacia dentro, que me llena de viva inquietud y afila hasta el último poro de sentir que hay en mí para poder percibir la poesía de las cosas. Sí, maravillosa música; escucharla me devuelve una vez más esos misteriosos instantes que hubieron entre los crepúsculos y ocasos de un lugar donde solo era inspiración y libertad lo que circulaba a través de mis venas. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Ida

Ida estoy y por encima: la noche oscura y grande que se filtra por todas las cuencas, las ventanas y los ánimos. Ida estoy, los ojos entornados, el semblante inexpresivo y la respiración tranquila, pero por dentro mana toda esa sangre oscura que se pega contra los muros, que bulle, con la agitación de dos pajaritos entre manos húmedas, con ganas de salirse de si misma, de quebrarse y fundirse en eso que la atrae desde adentro, profundamente adentro. 
Ida estoy. Cada instante me consume y me acerca al origen terroso y cálido, a ese ya olvidado lugar de donde vengo. Cada acción se proyecta al infinito y hace eco en las palpitaciones de ese centro, anulación del tiempo, flujo milagroso de energía, donde ya no se es más, pero tampoco menos que una frágil margarita.
Ida estoy. Lo que sucede pasa delante de mí, como ensoñaciones lejanas. Me siento ajena a lo que me rodea y el tiempo pasa sin que me dé cuenta. Resignada estoy a ese destino que compartimos todos. Autómata cumplo con mis deberes de hombre, porque con todo, y dejando aparte toda ingenuidad de héroe romántico, nuestro deseo de preservar la vida propia y nuestro temor por el fin lleno de la más estremecedora incertidumbre, se alza sobre nosotros y nos domina, más fuerte que todo. 
Ida estoy. Los días pasan como sombras, mucho menos reales que mis sensaciones y mis pensamientos. Pero también sueño. Sueño intensamente, con toda la pureza de un niño y con todo el ardor y el fuego de la más plena de las juventudes; abierta a toda suntuosidad, al maravilloso aire que llena mis pulmones y a la luz que, descaradamente y con orgullo, también grande, se filtra por todas las cuencas, las ventanas y los ánimos.
Es entonces cuando soy. Soy en la cercanía de las personas que amo. Vuelvo a mi misma cuándo los abrazo, cuándo me río con ellos y también cuando compartimos tristezas. Soy cuando todo el cariño y la ternura que con el tiempo ha crecido en mi espíritu me colma y parece estar a punto de desbordarme y sobre todo soy cuándo tengo que huir, cuando me desprendo un poco de mi misma y de mi auto-contemplación para entregarme un poco o para sanar una herida; cuando es necesario callar para escuchar y no ser más que compañía y presencia en la soledad de los demás.
Soy. En la delicadeza de un acto de solidaridad, cuando veo esas sonrisas que me llenan los ojos de lágrimas. Soy con mucha fuerza en la esperanza (¿Cómo no voy a ser en la esperanza, si, como dijo Cortázar, la esperanza no es más que la vida misma defendiéndose?). Soy cuando la inmensa complejidad humana abruma y sobrecoge mi débil corazón.
Soy en el misterioso asombro del estremecimiento al reconocerme en un verso. Soy en la música, que me habla del cielo y de lo más sublime así como del infierno; que me enmudece, que me somete con su hechizo y me arranca de mi misma, que me quita la respiración por instantes, que me convierte de nuevo en esa niña que ida jugaba sin sentir el paso del tiempo.
Soy en esos ojos que no parecen de este mundo, trazados por la mano de un pintor, en esos paisajes que me hablan de paraísos perdidos, en lo etéreo de un rosa pálido, del azul inhumano y del naranja caliente y espeso de un atardecer infinitamente melancólico. En esa representación de la crucifixión de Cristo, en el sugerente cuerpo de una muchacha apenas cubierto por un velo, en la eternidad de esos arboles perdidos en medio de la nada, en la mirada suplicante y aterrada de un perro hacia lo desconocido y en esas flores que reposan en si mismas, tremendamente lejos, inalcanzables. Soy en el hecho estético que nos confirma, en esa conmovedora lucha del hombre por trascender.
Soy, cuando llena de curiosidad y alegría me asomo con ojos fervientes por la ventana, también fui cuando caminé a orillas de ese lago que parecía casi flotar. Soy en su cercanía, con la que sueño en las madrugadas, soy en ese anhelo de besos y de cariño. En sus ojos también soy (más sinceros y más presentes que esos que vienen de la mano de aquel pintor), soy en el temblor de mi alma que resuena cuándo lo más profundo de su ser también resuena.
Soy en la dolorosa belleza, en la inquietante felicidad. ¡Soy! A pesar de la desesperanza de no saber nada. Soy, somos, fuimos y seremos. Pero la vida no puede ser solo este milagro, esta extraordinaria poesía de ser. 
Por allá en los rincones, ojos nublados y corazones cubiertos de polvo sufren. ¿Quién los consuela a ellos? ¿Quién alivia el escozor ocasionado por esas llagas inflamadas? Sus gritos de dolor hacen eco en todas partes, llegan débilmente hacia nosotros, y aquí estamos, sin poder hacer nada más que dibujar flores, tocar un Impromptu de Schubert, escribir cuentos sobre oriente y mitologías lejanas, como niños que idos, juegan sin sentir el paso del tiempo.
Y sin darnos cuenta, estamos de nuevo escuchando las noticias en la radio y también a los políticos que llenan nuestros oídos de mentiras y engaños. Salimos a la calle y nos bombardean de información. Escuchamos el infernal ruido de la ciudad, vemos caras molestas, intranquilas y miserables. Estamos frente al televisor, en la fila del supermercado, esperando dentro del banco, agarrados con fuerza de la baranda del transporte público con la cabeza llena de porquería. De nuevo triunfa y nos domina nuestro miedo al fin. Pisoteamos las flores, la salida y la puesta del sol ya no es más que parte de esa colección de hábitos viejos y gastados. Vamos inconmovibles, borrachos de cotidianidad. El paso del tiempo nos atormenta, y estamos lejos, cada vez más lejos de nuestro infinito, de nuestro origen terroso y cálido. 
Mientras tanto, ida estoy y por encima: la noche oscura y grande que se filtra por todas las cuencas, las ventanas y los ánimos. 

martes, 22 de diciembre de 2015

Paz

Paz es la amplitud de sus ojos verdes, la finura de sus rasgos y su melancolía. Esa exquisita soledad que ella lleva consigo a todas partes y que de cierta forma a él le reconforta. Presiente que sería capaz de hallar en ella ese anhelo de abandono y de extravío que necesita con urgencia. Ella es el ancla que le impide dejarse arrastrar por la marea de ruido que le rodea. ¡Oh, vidrioso estremecimiento del alma! 
Helena le recuerda que el mundo hay que verlo siempre con ojos sedientos de belleza. No; la belleza no es más que un anzuelo. Le recuerda que hay que ver el mundo con miradas hambrientas de eternidad. Miradas capaces de hallar lo esencial en todas las cosas, eso que se queda en nosotros como se nos queda el olor a humedad de una tarde lluviosa, un verso de aquel poema, el salitre de la playa marcado en la piel; como se nos queda aquella luna henchida de nostalgia, esa melodía casi susurrada, íntima que le sigue a la turbulencia, a la agitación, al crecimiento y al estallido; la mariposa libre y despreocupada que vuela, que se agita majestuosamente, anaranjada y negra, entre los árboles; como se nos queda esa sonrisa violeta vislumbrada a la salida del encierro de plomo.
Él la idealiza, no tiene la más mínima duda acerca de eso. Sería imbécil de su parte creer otra cosa, creer que todo lo que ve en ella es real. No lo es. Solo una pequeña parte, quizás. ¡Ah! Pero si ese es el amor, que llega de repente; esa energía que se infiltra en nuestras venas, que nos induce en aquel delicioso abandono que nos permite ver a los otros como solo podría vernos la divinidad, y él está dispuesto a dejarse poseer por esa locura. Le consuela pensar en que quizás haya un ente en medio de lo infinito, con las manos hacia afuera, que recibe los frutos que irradian cada fibra de su intención y de su sentir,  y le alivia pensar que contribuye, dejando a su espíritu dilatarse en absoluta libertad en esa sustancia, a la transformación de esa cadena que gira con obstinación en espera del quiebre, de la liberación. 


Música: Preludio Op. 23 No. 4 de Rachmaninov - Carlos Duarte.

jueves, 5 de marzo de 2015

Intermezzo

Aurora. La melancólica mirada a través de la ventana que parece anhelar la libertad con la que los pájaros cantan. Sus dedos pasan las páginas discretamente, nadie lo nota, ni siquiera él mismo, que está absorto en las palabras. Sentado en la mesa de la sala porque hay entra más el sol (que a esa hora está en todo su esplendor), come y sus pensamientos son su única compañía. El café de las 4 de la tarde. Cruzarse con seres sin rostro ni nombre, de vez en cuando sonreír a una señora, buenas al señor del perro, pero todo es tan impersonal, tan lejano. Ese anhelo que le aprieta el pecho, lo inunda de nuevo de algo que no sabe que es, y le agita la sangre; la inquietud y un brote de energía se apoderan de él. Ya no llora tanto por las noches, está acostumbrado a sentir lo mismo una y otra vez, pero esta vez dos ardientes gotas se deslizan sobre su cara. ¡Oh Léon! Tu que siempre sonríes, que pocas veces se te ve molesto, es difícil sospechar que aun está ese vacío allí, sin llenar. Y a pesar de todo, cuánto amor hay dentro de ti, cuánta fascinación sientes por lo que te rodea; tantas ganas de aprender, de crecer y de hacer tantas cosas; y sigues atrapado en esa media vida, en el vaso medio lleno o medio vacío ¡Qué diablos importa si al final sigue sin estar completamente lleno o completamente vacío! En ese casi reír, casi sentir, casi hacer; y faltaba poco, tan poco. Resiste, un poco más, resiste, que la liberación está cerca; mírala, casi puedes tocarla, la tienes enfrente de ti, solo te falta dar con eso que está tan perdido en alguna esquina llena de aserrín, en algún mugriento rincón de tu mente, o en tu corazón. Falta tan poco para dar el paso, el bendito paso que tanto te ha costado. Quizás esa es la lejanía que sientes cuando escuchas Rachmaninov, la conciencia de que eso que buscas está ahí, pero el escalón que te falta estira la distancia, y te mantiene indefinidamente alejado de esa dulce entrega.

sábado, 21 de febrero de 2015

Cosas que hacer en un día de lluvia


Asomarse en la ventana y sentirla: su humedad, su sonido, su olor, cómo todo se ve borroso, ligeramente desfigurado (como un cuadro abstracto, bellísimo), su rumor persistente, apreciar su melancólica, aunque renovadora belleza. Agarrar el paraguas y salir a caminar un rato; la calle estará muy sola seguramente, hay mucho espacio, entonces es como si tus pensamientos quisieran llenarlo, déjalos, deja que tomen forma, observa tus pensamientos, desde afuera, no los juzgues, se compasiva con ellos, te sorprendería la cantidad de cosas que podrías encontrar, cosas que no sabías que estaban dentro de ti. Leer; tomar café, té o chocolate caliente; escuchar música con las ventanas abiertas, las luces apagadas acostada en el suelo. Salir de nuevo, sin paraguas esta vez, una meditación diferente, cuando la lluvia ya no es pesada, sino mas bien apagada, ligera, entonces sentir como las gotas caen en tu cuerpo. Alegrarse, sólo porque llueve, porque el agua que cae del cielo te muestra que estás viva y palpitante y que el mundo que te rodea también está vivo y palpitante, no estás sola, hay vida allá afuera, la vida sigue, el tiempo no se detiene. Si se han controlado las emociones, aprisionándolas sin dejarlas salir, y las lágrimas no te salen (por mucho que desees llorar, por mucho que lo necesites), entonces imaginar que las gotas son tus lágrimas, y cuando dejan de caer, siéntete limpia, pura, renovada.

jueves, 15 de enero de 2015

Vivir a medias

Léon solo quería terminar de abrirse o de cerrarse completamente.
Quería bailar hasta que su cuerpo no diera más; quería caminar o correr hasta quedarse sin aire: quería gritar, sin cohibirse, sacándolo todo; quería conversar con alguien con absoluta libertad, sin condiciones, sin apuros, sin presiones, quería dejar a todas esas palabras que lo apretaban salir libremente y escuchar con infinito cariño las palabras de su amigo, quería hablar ¡Cuánto lo quería! el quería hablar hasta que las palabras se acabaran, hasta que solo quedara un maravilloso, tibio, íntimo y reconfortante silencio; quería llorar hasta quedarse sin lágrimas o reírse hasta que el estómago le doliera... o quería definitivamente meterse dentro de su mundo y quedarse allí, y cerrarse completamente; porque estaba harto, estaba harto de vivir a medias.